Estoy sumamente agradecido con Dios por la experiencia que me ha hecho vivir en este mes de consulta, pues me ha enviado a un hermoso caballero de 94 años que ha ido de puerta en puerta buscando quién le haga sus dientes y no le fallen.

Con lágrimas en los ojos me pidió que le hiciera un juego de dentaduras removibles que le permitieran comer, sonreír y tener una conversación sin tirar sus dientes, pues citando sus palabras “DE TODO ESTOY BIEN MENOS DE MIS DIENTES”. Pues sí, el caballero no sufre de enfermedades en la presión arterial, sus niveles de glucosa son normales, está prácticamente sano, pero con únicamente 6 dientes en la boca y varios juegos horribles de dentaduras mal hechas, cada una de un distinto “doctor”, me las dio todas para que yo me asegure de que lo que le hiciera no se pareciera a ninguna de esas.

Tomé el caso pensando porqué le habrá sido tan difícil a los demás que intentaron hacer ese tratamiento, y me di cuenta sin tener que revisar los 10 aparatos movedizos que me presentó el señor. Estoy seguro que ninguno de los doctores anteriores se percataron que el señor está más vivo que nosotros y con más intención que nadie de seguir, por lo que le realizaban cualquier cosa pensando que lo que le duren será bueno para aquel nonagenario.

En fin, mi equipo y yo le tomamos los modelos iniciales de estudio y le di una siguiente cita para iniciar el tratamiento. Con los modelos de estudio no pude conseguir que uno solo de los juegos de placas que le habían confeccionado encajara bien, o tuviera resistencia; algunos hasta se caían y otros apretaban de más, no había oclusión, o sea no embonaban los dientes protésicos de arriba con los de abajo.

Con esos modelos decidí hacerle unas cubetas personalizadas de su boca para tomar un molde más preciso en toda la anatomía del maxilar superior e inferior, con esto reduje el asco que produce el material cuando se lleva a la boca y se expande por el paladar y di precisión a los lugares que quería yo llegar a calcar de su boca y continuamos con el procedimiento de devolverle una armonía y balance a los cóndilos por medio de una correcta oclusión.

Suena complicado, pero fue tan sencillo, que el día que le entregué sus placas el señor no lo podía creer, nos abrazamos, admito que hasta chillamos un poquito juntos, pero la satisfacción más grande fue cuando al despedirse me pidió aclararle una última duda que me comprobó lo que al inicio mencioné y ningún otro médico había tomado en cuenta: “Doctor Cárdenas ¿Usted cree que estos dientes me duren al menos unos 8 o 10 años?”.

El señor no solo quería comer, hablar, sonreír… ¡el señor quiere vivir!

C.D. José Luis Cárdenas Aguilar
Ced. Prof. 7064961 - UADY - Tel: 317.00.00

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